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Los Derechos Humanos y la Dignidad de la Persona
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Documento sobre los Derechos Humanos

4.5.1 El problema ético de la violencia doméstica

La violencia se ha extendido de manera preocupante en las relaciones interpersonales, particularmente en el hogar. La violencia doméstica se ha convertido en un verdadero problema de salud pública en nuestro país. Las víctimas son generalmente las mujeres y sus pequeños hijos, así como los ancianos. En la violencia familiar se manifiestan los perjuicios de la inequidad entre los géneros. Además de la protección legal que el Estado debe ofrecer a las víctimas de la violencia doméstica, las mujeres pueden y deben defenderse mejor en la medida en que alcanzan independencia económica y acceden a las oportunidades de desarrollo individual.

La violencia intrafamiliar es un mal ético que destruye la igualdad en la familia. Ciertamente, la familia no está compuesta por individuos en iguales circunstancias, madurez y responsabilidad, y por eso los padres tienen autoridad sobre los hijos, además de la responsabilidad de la manutención y el cuidado de toda la familia. Sin embargo, el ejercicio de la autoridad no debe implica el dañar la dignidad ni someter a los demás mediante el miedo, las amenazas o la violencia física y verbal. Todos los miembros de una familia tienen derecho a vivir en paz, a recibir cuidado y afecto y a expresarse con libertad.

La violencia intrafamiliar puede ser abrupta y explosiva o continua y de baja intensidad pero persistente. La mayoría de las veces, es la mujer la víctima de la violencia conyugal cuando se ve sometida a golpes, humillaciones, insultos, burlas frecuentes, descalificaciones, amenazas o agresión sexual por parte de sus maridos o parejas. Los niños, los ancianos y los discapacitados son con frecuencia víctimas de una violencia pasiva, que consiste en el abandono y descuido; o de violencia activa mediante agresiones que provocan daño físico, emocional, psicológico y sexual.

El daño que provoca la violencia intrafamiliar depende de la intensidad y de la duración temporal. A menudo, las personas que han sufrido violencia en su familia se enfrentan a diversos tipos de trastornos de la conducta, estrés, miedo e inseguridad, incapacidad para relacionarse y convivir adecuadamente con los demás. Es también recurrente que las personas que fueron víctimas de violencia familiar en su niñez se vuelvan posteriormente agresivos y/o depresivos, o que puedan caer en adicciones. El principal daño social que genera la violencia doméstica es la reproducción de patrones de desigualdad, imposición del poder, impunidad e injusticia, antivalores que no favorecen el desarrollo humano y la convivencia pacífica.

La violencia intrafamiliar es una situación patológica, por lo cual las víctimas deben buscar ayuda profesional y denunciar a las autoridades para tratar al agresor y ayudarlo a superar sus conductas violentas. El Estado y la sociedad tienen la obligación ética y política de proteger a las víctimas, brindar apoyo económico y emocional y tratarlas terapéuticamente para que recuperen su autonomía y salgan del círculo de violencia. La violencia familiar también daña emocionalmente al agresor, lo aísla y lo deprime; es su deber asumir la responsabilidad por sus actos, solicitar ayuda, detener la violencia y resolverse a reparar en lo posible el daño que ha ocasionado.

El error más grave sobre la violencia intrafamiliar es considerarlo un asunto privado . Es una responsabilidad ciudadana denunciar a las autoridades (agencias del Ministerio Público especializado) cualquier caso de violencia doméstica que ponga en riesgo a la víctima: abandono, abuso y maltrato a los niños, mujeres, ancianos o discapacitados. Para ello, es posible solicitar la asesoría y ayuda de las comisiones estatales de derechos humanos o de la Comisión Nacional de Derechos Humanos.

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